jueves, 10 de marzo de 2016

La mala raza

La mala raza.

La primera vez que Juan Valverde soñó con vacas se acordó de su abuelo. Las visiones bovinas eran cada vez más frecuentes y, a menudo, tan absurdas como las que su abuelo le contara durante su infancia. Cómo se había reído Juanito cuando su abuelo le había contado el sueño en el que una vaca charlatana corría delante de él y trepaba por un árbol. ”Pero yayo...-le decía el niño- que los encierros son al revés y las vacas no hablan ni tienen garras para subir por las ramas”. Y nieto y abuelo se reían a carcajadas durante un buen rato mientras tomaban la fresca, quedando en el primero la duda de si su abuelo se burlaba de él o si de verdad soñaba esas cosas tan raras.
Recordaba Juan esas tardes con ternura; sentados en las tumbonas aprovechando la brisa nocturna, no tan fresca como se hace llamar, pero brisa, al menos, y consuelo tras un día achicharrante de verano. En alguna de aquellas, pasaba por su calle Merceditas la Trotabarrios con algún recado de su atareada madre que era viuda y sin tierras que arrendar, por lo que le tocaba trabajar el doble que a cualquier otra mujer del pueblo. ”Mira qué escuerzo- le indicaba su abuelo con un codazo- esa chavala tiene tal hechura que cabe de sobra por un caño de tu pantalón. Mala raza...-decía con una entonación misteriosa y un chasquido de lengua- Aunque comiera no le aprovecharía el cuerpo”. Entonces, Juanito miraba a la pobre Merche que aún en pleno verano era pálida cuan pared de yeso y pensaba ”Pues la seño en clase dice que es muy hacendosa” pero callaba para no contradecir a su abuelo.
Ahora a Juan se le escapaba una lágrima recordando a Mercedes y lo corta que había sido la niñez de la chica. A pesar de ser enfermiza y haber andado siempre a base de jarabes por una bronquitis crónica que no la dejó crecer durante años, había tenido que ayudar a su madre en todo. Que no era poco teniendo en cuenta que vivían con un abuelo parapléjico que no contaba chascarrillos como el suyo porque la pequeña de las Trotabarrios ni siquiera le había conocido el timbre de la voz. ”Un viejo como de trapo -decía el abuelo de Juanito- mala raza la de esa familia, con las personas pasa como con el ganado; de padres débiles nacen hijos sin vigor”.
Pasaban las noches y, si Juan conseguía pegar ojo en la butaca de su cuarto, soñaba con vacas. En un sueño, había una vaca muy flaca que le quería mucho y le seguía por las calles del pueblo. Y aparecían unos lobos hambrientos al doblar la esquina y se lanzaban directos a morder los flancos del famélico animal que mugía con una tristeza desoladora emulando un sonido casi humano similar a una negación: ”NOOO NOOO”. Y él pedía auxilio golpeando a todas las puertas pero nadie acudía a ayudar a la vaca. Tras despertar y pasar el susto, cayó en la cuenta de que aquella era la primera vez que una vaca hablaba en sus sueños y vinieron a su memoria más relatos de vacas soñadas por viejos del pueblo de hacía muchos años. Al salir de la escuela, Juanito siempre pasaba por los bancos de la plaza donde los jubilados se sentaban al sol o a la sombra dependiendo de la estación. Se acordaba del primo de su abuelo, Anastasio, al que todos llamaban el del Cogollo no se sabía muy bien porqué. Anastasio también tenía mucha gracia para contar sus sueños que, para no variar, casi siempre trataban sobre vacas y le gustaba representar a la vaca saltarina, con la que soñaba recurrentemente, saltando con una agilidad que muchos jóvenes quisieran para sí. ”Ahí va... Que te empitono” Decía el del Cogollo impersonando a la res de la que aseguraba ser capaz de alcanzar el balcón del Ayuntamiento en sus mejores brincos.
Juanito disfrutaba mucho de la compañía de los mayores que le regalaban chucherías y enseñaban toda su sabiduría. Las historias vacunas de los viejos le parecían más interesantes que las del maestro porque le resultaban más cercanas y graciosas, por eso solía quedarse con ellos a la salida de la escuela . Una tarde pasaron por la plaza agarradas del brazo las Trotabarrios, madre e hija, enlutadas de arriba a abajo porque acababa de fallecer el abuelo discapacitado y, a pesar de que todo el mundo creía que se les había quitado una carga de encima, las mujeres plañían a diario y los surcos del llanto habían hecho mella en sus cadavéricos rostros despertando las miradas de los viejos parlanchines. ”Pobre madre y pobre niña, están desconsoladas- había dicho Anastasio con compasión” ”Más les vale así, sin el viejo de trapo que no les servía más que para desgastarlas más de lo que ya están de por sí. Qué feas, qué canijas, la mala raza del difunto...”. Juanito había pensado que Merceditas no era tan fea ni tan canija como decía su abuelo, de hecho, había crecido mucho en el último curso y ya casi le llegaba hasta el hombro. Claro que él era un buen mozo y, como decía orgulloso su abuelo:”de raza le viene al galgo”. La Merche tenía un cierto encanto en la languidez de su cara, un algo especial en sus ojos febriles enmarcados en color violeta, cierto atractivo de damisela en apuros que atrapó al chico desde su pubertad y cautivó por siempre. Pero no se atrevió a decir nada en favor de la muchacha que le gustaba, además los otros viejos ya habían mandado callar a su abuelo por respeto al muerto.

Entre recuerdos y ensoñaciones, llegó la noche fatídica en la que Juan soñó por última vez sentado en aquella butaca. Al lado, quedaba el lecho donde había nacido su primogénito días antes y en el que la mujer a la que amaba iba a morir. Una vaca furiosa le embistió y él despertó en el momento que el asta le atravesaba las tripas. Bendita la onírica vaca que le permitió despedirse de su querida Merche segundos antes de que expirara su último aliento. ”Cuida del niño- le dijo amablemente con una sonrisa tan dulce que dotó de una belleza casi inverosímil a su inminente cadáver- será fuerte y sanote como su padre”.
Después del entierro las vecinas entregaron el enclenque bebé a su padre cuyo pensamiento, al mirarlo por primera vez, no pudo sino evocar dos palabras: ”Mala raza”.


                        

lunes, 1 de febrero de 2016

Dormida

Dormida

El mal de su generación era la depresión. Todos vivían con demasiada prisa, corriendo de aquí para allá, queriendo ser libres y queriendo tenerlo todo. En su generación no era permitido mostrarse infeliz, pero se veía con sospecha al que no estaba insatisfecho, al que le bastaba con lo que tenía porque entonces era un mediocre que no aspiraba a más. Sentarse a tomar el fresco era una frase que ni se conocía, los días estaban llenos, repletos de cosas que todos tenían que hacer para publicarlo en las redes sociales.  En su generación se exigía la tolerancia hasta el grado de ser intolerante con quienes no lo eran. Viajar, tomar fotos, comer, festejar, estar acompañado aunque se estuviera solo, trabajar, hacer ejercicio, leer las noticias, mirarse bien, lo más que se pudiera debía caber en un solo día.

El día que Leonor se quedó dormida pensaron varios a su alrededor con un dejo amargura en la sonrisa torcida, “¡infeliz! no resistió el paso, quiso hacer demasiado pero no era capaz, el ‘éxito’ no es para todos”. El doctor dijo que era agotamiento extremo, los otros levantaron los hombros, suspiraron y se volvieron a subir a la rueda de la fortuna de la vida.

Leonor abrió los ojos pero los rayitos de sol demasiado brillantes la confundieron, observó con los ojos aún adormilados colores e imágenes demasiado borrosas para reconocerlas, trató de alcanzar un vaso de agua que no estaba pero sus brazos encadenados por sondas se lo impidieron. Se mojó los
labios con la lengua, volvió a cerrar los ojos y creyó escuchar decir a los intrusos de su cuarto, “depresión por agotamiento ni más ni menos… pobrecilla”. Depresión, agotamiento, pobrecilla… ¡ja! Sonrió por dentro y se dijo a mi misma:

- si supieran que tan solo me decidí a cerrar los ojos porque no me daba la gana seguir la farsa de la vida, si supieran que lo de dormir fue una decisión que ya me venía pensando, si supieran que lo que yo quiero es dormir porque me gusta soñar.

Yesmith Sánchez
Helsinki
9.8.13

And a free translation into English, corrections welcome!

Asleep

Her generation’s disease was depression. Everybody  lived their lives in much of a hurry, running from here to there, wanting to be free, wanting to have it all. In her generation it was not allowed to show yourself unhappy, but that one who was happy was seen in suspicion, for being content with what he had because it meant he was a mediocre who didn’t hope for a better life. To sit under a shade to take fresh air was something unknown, every day was full, oh! so full of things to do to later be published in one of the social networks. In her generation, tolerance was demanded to such degree, that people were intolerant to those who they believed were intolerant. To travel, to make photos, to celebrate, to be with somebody even if you were deeply alone, to work, to go to the gym, to read the news, to look good, everything had to fit in one single day.

The day when Leonor fell asleep, those around her thought with a bitter and crooked smile, “stupid! She couldn’t cope with the pace, she wanted to do a lot but she was not capable of, ‘success’ is not for everybody”. The doctor’s diagnosis was ‘exhaustion”, and when others heard it, they shrugged, sighed and went back and rode the wheel of fortune called life.

Leonor opened her eyes but the sunlight was too bright and it confused her, she observed with her still sleepy eyes colors and images that were too blurry to be recognized, she tried to reach an imaginary glass of water but her arms were in chains of tubes injecting her different stuff. She tried to wet her lips with her also dry tongue, she closed her eyes again and overheard some intruders in her room: “depression… due to exhaustion, nothing else… poor thing.” Depression, exhaustion, poor her… ha! She smiled inside and told to herself:

- If they only knew that I decided to close my eyes because I didn’t want to continue living the lie of
life, if they only knew that sleeping was a choice and that I have been thinking about it for long, if they only knew that all I want is to sleep because the one thing I enjoy is to dream.

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EJERCICIO DE SILENCIO


Algunas veces me pregunto
                                          por
             el
  
         
      silencio






Y éste no es más que un silbido calmo,
el respirar dominante,
un recuerdo ralentizado,
el vientecillo de la libertad del verano,
el amor sencillo,
un abrazo largo,
el darte la mano
en


silencio



David Gambarte
Helsinki, 1.2.2016

sábado, 9 de enero de 2016

Rarezas

Hoy, en Ventana al Sur, les conté que mi primer cuento lo escribí en Finlandia, embarazada de Luna y decidí compartirlo. Espero que lo disfruten. YS


Rarezas
Qué raro se ve todo desde aquí, y qué extraño ese yo que no soy yo, sino un cuerpo vacío que algunos curiosean y otros mejor no, porque si lo miran entonces se vuelve real… estoy tratando de hacer ejercicio de memoria y estoy tratando de saltar desde aquí, desde el lugar raro en que estoy para ver si caigo en “mi cuerpo” y así lo puedo levantar de ahí donde está tirado indignamente y en dónde está causando algo entre lástima y asco… me choca ver como lo miran por encima del hombro y más me molesta que haya corriendo sangre por ahí porque al fin de cuentas ya sé que soy yo quien la va a limpiar… ¿O será que al menos de esta me salvo?
         Pues ya me voy acordando, eran las 5.37 de la mañana cuando me subí al metro como hago todos los días para iniciar mi primer turno de trabajo, así que eso no era raro… tampoco era raro que en la línea 4 en dirección de sur a norte vinieran bravucones adolescentes que seguramente venían de alguna fiesta clandestina en la que se les hizo tarde y no tuvieron más remedio que tomar el primer metro… es más, ni siquiera era raro que intentaran provocarme… ese era mi pan de cada día, el de escuchar que alguien me gritara «¡brownie, go home!»; eso y hasta recibir un escupitajo de vez en cuando es tan de rutina que yo lo tomaba como parte del día a día…
         Pero había algo que sí había sido raro: Amanda había llorado toda la noche y su mamá no conseguía consolarla, y cuando iba yo, se me lanzaba al cuello como si no hubiera un mañana; yo intenté consolarla hasta que nos quedamos los dos dormidos en el piso, ella de cansancio por llorar y yo de cansancio acumulado de dos empleos y de desmañanarme todos los días… también un poco raro fue que me desperté y aunque sabía que era un poco tarde me movía lentamente y con mucha paz…
         Y ya me acuerdo de lo que pasó después. Al subirme al metro, en el mismo último vagón en el que me subo todos los días, me recargué en el vidrio y cerré los ojos esperando soñar sin dormir pero yo sentía que había tanto ruido que ni los pensamientos lograba escucharme, tanto ruido que cuando los bravucones esos me empezaron a tirar la bronca yo no me di cuenta de inmediato que era conmigo la cosa… pero cuando me di, me puse el gorro de mi sudadera en señal de paz… pero las señales de paz de mi parte fueron tomadas como un insulto por ellos, y empezaron a agredirme aún más… los otros trabajadores madrugadores que iban en el vagón miraban de reojo lo que pasaba pero fingían seguir inmersos en sus libros o subían el volumen en su i-pod para no ser partícipes involuntarios de la situación… cuando me empezaron a agarrar a tirones pensé que también era raro que alguien fornido como yo fuera tan indefenso ante esos mocozuelos que en todo caso estaban pecando de impertinentes… pero ni tan raro… no eran machos, pero eran muchos…
         Así que de las invitaciones suyas de que volviera a «mi casa», fueron a los insultos, y luego a los tirones, y cuando me di cuenta ya todos me tenían en el piso a las patadas… la suerte era que la voz del metro anunciaba mi destino y que yo estaba justo a tiempo para empezar a trabajar, salí a gatas del vagón ayudado por los puntapiés en el trasero por parte de los mocozuelos. Ya afuera, los que esperaban el metro en la otra dirección miraban también de reojo y también fingían que no era nada fuera de lo convencional lo que estaba sucediendo, los más débiles de carácter palidecieron cuando vieron las navajas salir de los bolsillos de los chiquillos, pero aun así se limitaron a mirar el piso y a caminar de un lado para otro como si eso fuera a acortar su espera por el metro que los llevaría lejos de la responsabilidad de tener que ver esa escena…
         Después de ver el brillo de las navajas sentí cómo algo calientito me corría por la panza pero aunque podía sentir que era tibia la sensación, seguía teniendo frío, y me estaba dando más por cada segundo que pasaba, después del primer piquetón vinieron muchos porque el difícil es el primero, pero ya entrados en gastos, ya no hay forma de detenerse… no atiné más que a recordar cuando matábamos puercos para las fiestas del pueblo, y en el trabajo que me costaba atravesar el cuero… así supe que nuestro cuero y el de los puercos es distinto… qué raro venir a enterarse así… entre ruido y pisoteado por zapatos de los chiquillos corriendo en un estado de éxtasis por haberse hecho «hombres de cuidado» ahí mismo en el pasillo del metro…
         Me dieron pena ellos, me dieron pena los testigos por cobardes y me di pena yo porque yo también quería irme a casa pero algo me decía que esta vez no iba a ser así… «brownie, go home» dicen ellos, «I want to go home», digo yo… ¿Y Amanda? ¿Ella sabía? Qué bueno que me abrazó como si no hubiera mañana, qué bueno que me quedé dormido con ella en mis brazos, y qué bueno, qué bueno que no me está viendo ahora… tirado aquí, causando algo entre lástima y asco…


YS –Helsinki, 14-Dic-2011-

martes, 5 de enero de 2016

la lista de Carmen

El té se enfriaba y ella tenía esa nota en sus manos. Era breve pero esa lista de cosas era demasiado para ella y para el tiempo que se deslizaba de prisa durante esa mañana de enero:
“Tu espalda, este edificio sucio en el que brillan las ventanas, ese charco de lluvia de enero congelada, un lunar que no puedo olvidar, la línea que dibujan tus brazos cuando los estiras sentada en la cama, esa arruga de la sábana y su vibrante recuerdo que aún huele a nosotros, dos cafés en la mesa de una terraza, una cafetería escondida de Madrid, una nota impresa con dos poemas sin terminar y el tiempo que pasa, que no sirve para nada más que para darse valor a sí mismo y a nuestras palabras extendidas sobre la faz de los días”
Pasó la mañana delante de la nota, con un té frío, estremecida con el texto que leía y leía, una y otra vez, y dudando si era ella el destinatario de la nota que había encontrado.

Cuando encontró en el reverso de la hoja el nombre de Carmen garabateado la dejó sobre la mesa de nuevo, pero por última vez. Luego se incorporó y la devolvió al cajón en la que la había encontrado, para que Carmen, fuera quién fuera ella, algún día la pudiera leer.

David Gambarte
05.01.2015

lunes, 7 de diciembre de 2015

Desnudez

Uno sale de lo que siempre a conocido como su casa que para perseguir una vida mejor, un sueño, como dicen. No es que uno sea ingenuo, no es que uno se haga el sordo, el ciego o el loco ante las noticias que pasan en la tele, y las que cuentan los que se regresan flacos, con amargura en los ojos y más pobres de lo que se fueron. No, bien sabido lo tenemos, que el futuro es incierto, que tal vez te regrese la migra, que tal vez te pierdas en el desierto, que tal vez te caigas del tren, que tal vez, te ahogues en el río. Es incierto y da miedo, pero el futuro al quedarse, es cierto, bien sabido, y asusta tanto, que uno termina por jugársela, por echarse el volado, o mejor dicho, por entrarle a la ruleta rusa, por si llegas a correr con suerte.

Cuando se paró el tren, dejé de respirar porque respirar hace mucho ruido, porque tenía esperanza de que dejar de respirar me hiciera invisible. El hombre que nos bajó del vagón donde íbamos escondidos, nos separó, quién sabe a dónde llevaron al otro grupo, pero yo, a pesar de estar con otros, me sentí terriblemente desamparada en el mundo. Sus manotas sucias y gordas me iban a hacer daño, me lo dijo la intuición.

- Mire señor, yo no quiero hacer problemas. Tengo hambre, no tengo dinero, yo sólo quiero cruzar, mi mamita está muy mala y necesito llegar para mandarle para sus medicinas. Déjeme ir, se lo suplico.

- Calladita morena -contestó él con una cínica sonrisa amarilla

Le conté por qué me tuve que salir, por qué me tenía que dejar ir, y por qué me había atrevido a soñar. Él me seguía pidiendo que me callara, y a mí más palabras me emanaban de la boca, no conseguí parar.

- Te vas a tener que quitar la ropa -dijo, y yo de repente enmudecí, las palabras por fin dejaron de fluir. No pensé en lo que estaba por venir, pensé en lo infantil de mi intento por conmoverlo con mi historia detallada, cuando lo dije en voz alta le revelé miedos que ni yo sabía que tenía, se lo dije todo.

¿Estás sordita? ¡Que te desnudes!

El hilo de voz que contestó y que me pareció tan lejano valió apenas para murmurar:
¿Más?

Yesmith Sanchez
29-08-15
Velando el sueño

martes, 21 de abril de 2015

Bufanda mágica

“Tadááá” exclamó el muchacho al tiempo que jalaba en direcciones opuestas las puntas de la bufanda firmemente anudada alrededor del cuello.
Sorprendentemente, su cabeza permaneció intacta en su sitio.
“Mira cómo se hace…”, propuso. “¡No, no me muestres el truco!”, dijo el caminante y se fue, con la cabeza embrujada por imágenes de una hechicera distante.